Adicción a la perfección, la exigencia que te impide ser feliz

29 marzo 2016

Adicción a la perfección es el título de un libro de Marion Woodman, una reconocida analista junguiana. En él realiza un análisis sobre los pensamientos inconscientes de las mujeres relacionados con la apariencia física.  Habla especialmente de las anoréxicas, como por  una imagen estética de  perfección pueden llegar a morirse en pos de un objetivo. La anorexia es un caso  extremo de llevar la perfección a unos límites más allá de la vida, pero el mecanismo subyacente es el mismo que utilizamos la mayoría de nosotros en nuestra cultura. Según ella las mujeres estamos más apegadas a ello, seguramente porque Dios es hombre y nosotras queremos parecernos a él y nunca podremos conseguirlo.

¿Cómo llegamos a construir un mecanismo que nos obliga a querer ser perfecto y que ahora nos ahoga?

En un estadio  primario de la humanidad, dice  Withmont en su libro El Retorno de la Diosa, quisimos tener el anhelo de superarnos para ser mejores personas, quisimos seguir un ideal, cosa totalmente legitima, aunque en la actualidad lo hemos llevado a tal extremo que se ha convertido en algo que nos subyuga y no nos deja ser felices. Hemos convertido un camino (querer mejorar), que era una manera de hacer, en un objetivo de vida (ser el mejor), y que si no alcanzamos, todo deja de tener sentido… Tanto que al no tener en cuenta la realidad en toda su complejidad nos sentimos infelices y vacíos cuando no fracasados.

Creemos que la felicidad nos la dará seguir a nuestra mente, que sólo con pensar y querer las cosas desde la razón ya seremos felices. Nos hemos construido unos ideales vacíos, basados en la estética y la imagen corporal, en valores morales que implican sacrificio y esfuerzo, cuando no disciplina y deber, hemos creído que con sólo querer algo ya lo podríamos conseguir. En un estudio realizado a adultos jóvenes sobre que da la felicidad, del 80% al 60% de la población dijo que siendo ricos, famosos y trabajando mucho la conseguirían. Y la realidad cotidiana es otra, estamos cansados y estresados la mayor parte de nuestra vida, corriendo detrás de una zanahoria que nos dará la felicidad. En unos casos el objetivo es conseguir un tipo de sociedad, en otros es seguir un tipo de religión, y mayoritariamente consiste en tener cosas materiales que nos aligeraran la vida, y nos la harán más fácil y seremos más felices. Hemos basado la felicidad en conseguir cosas en lugar de en ser. ¿Qué sería dejarse ser lo que uno es? Esta es una de las máximas de la terapia Gestalt, ¿Qué somos en realidad? Mucho más que nuestros pensamientos y nuestra razón. Somos emoción y somos intuición, somos algo más grande que compartimos por el hecho de estar vivos. Cuando queremos ser perfectos tenemos que renunciar a algunas de nuestras partes, como las emociones y el cuerpo, por no decir nuestra parte más espiritual. Hemos perdido la conexión con lo divino, eso más grande que está en nosotros y que nos configura a todos como seres iguales que formamos parte de un todo.

He encontrado el siguiente cuento que se titula El más pequeño de los dioses, que me parece muy ilustrativo de lo que estamos hablando.

”Al poco de haber creado a la humanidad, los dioses comenzaron a darse cuenta de su error. Las criaturas a las que habían dado vida eran tan expertas, tan hábiles, tan llenas de curiosidad y de espíritu de investigación que en cuestión de tiempo empezarían a desafiar la supremacía de los propios dioses. Para asegurarse su posición de preeminencia, los dioses convocaron una asamblea general a fin de discutir la cuestión. Vinieron dioses de todos los mundos conocidos y desconocidos. Los debates fueron largos, detallados y muy reflexivos. Todos los dioses estaban totalmente de acuerdo en una cosa. La diferencia entre ellos y los mortales residía en la calidad de los recursos de que disponían. Mientras que los humanos tenían sus egos y estaban preocupados por los aspectos externos y materiales del mundo, los dioses tenían espíritu, alma y una comprensión del funcionamiento interno de su ser. El peligro consistía en que más tarde o más temprano los humanos querrían tener algo de eso también.

Los dioses decidieron ocultar sus preciosos recursos. La cuestión era: ¿dónde? Esta era la razón de la longitud y la pasión de los debates en la Asamblea General de los Dioses.

Algunos sugirieron ocultar estos recursos en la cima de la montaña más alta. Pero se advirtió que más tarde o más temprano los humanos escalarán esta montaña. Y descubrirán los cráteres y los océanos más profundos. Y excavarán minas en la tierra. Y las junglas más impenetrables revelarán sus secretos. Y pájaros mecánicos explorarán el cielo y el espacio. Y la luna y los planetas terminarán siendo destinos turísticos. Y hasta los más sabios y más creativos de los dioses cayeron en un profundo silencio, como si todas las vías hubiesen sido exploradas y juzgadas defectuosas.

Hasta que el más pequeño de los dioses, que había permanecido en silencio hasta ese momento, se atrevió a hablar.” ¿Por qué no escondemos estos recursos dentro de cada ser humano? Jamás se les ocurrirá buscar allí”. (Peter McNab)

Mi propuesta para salir de la perfección es conectar con la fuente, como le llama Sergi Torres. Un lugar anterior a los opuestos, ese lugar donde no existe la polaridad y estamos en contacto con el todo y ya somos perfectos porque somos y existimos. Ese lugar en el cual están contenidas todas las polaridades, lo perfecto y lo imperfecto, lo bueno y lo malo. Un lugar en el cual nos sentimos formando parte de la naturaleza y no  como algo distinto a ella.  Un lugar que  traemos cuando nacemos y después perdemos como adultos de nuestra cultura. Como dice Claudio Naranjo que le comentó un indio zapoteco en un encuentro en Sud América “El Yo no existe, solo existe el nosotros”, ese lugar que algunas culturas todavía conservan y viven en contacto con él.

¿Cómo llegamos a desconectarnos de esa parte nuestra, a querer ser solo una parte? ¿Cómo nos convertimos en seres incompletos y negamos todo lo que somos? Básicamente cuando dejamos que nuestra mente tomara el mando y se erigiera como la única que podía controlar a las demás partes y llevarnos a la felicidad. Cuando creemos que podemos perfeccionar lo existente porque no es suficientemente bueno, cuadro desconfiamos de la naturaleza y la queremos controlar, cuando ponemos nuestra mirada en el exterior y basamos nuestra valía en lo que poseemos. En lugar de mirar en nuestro interior y ver nuestra alma y ver nuestro funcionamiento  como seres, como dice el cuento.

Esta es la propuesta de Marion Woodman en el libro que hablamos al principio: conectar con el cuerpo, bailar, sentir y disfrutar de las sensaciones, poder mirar hacia dentro y ver nuestras emociones que nos conectan con el entorno y con los demás, atrevernos a relacionarnos y vivir con los demás, a empatizar, a amar, a jugar, a explorar y a experimentar. En oposición a querer ajustarse a un modelo, a un ideal y querer amputarse para encajar con él, querer ser perfectos en base que nuestras ideas.

 

Por Mireia Darder

Socia fundadora del Institut Gestalt.Dra. en Psicología clínica. Terapeuta Gestalt.

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