Familias de colores: Las nuevas familias

Familias de colores: Las nuevas familias

16 febrero 2016

Creo que fue en cuarto curso de la Licenciatura de Pedagogía. En una asignatura dedicamos una buena parte del tiempo a hablar de las familias que en ese momento se llamaban desestructuradas (divorciados o separados). Incluso creamos un proyecto para atender a los hijos de  esas familias, que en ese momento se consideraba habían fracasado, o estaban rotas. Por consecuencia, se consideraba también que los hijos de esos padres, debían tener traumas y situaciones difíciles de superar.

Esa condición de familias con dificultades se unía, en ese momento, a los inmigrantes que recién empezaban a llegar a nuestro país e incluso a familias con  hijos con algún tipo de déficit.

Daba la sensación, en ese momento, que la cuestión era etiquetar y patologizar. Familias con dificultades frente a familias que, por lo visto, funcionaban de lo más “normal”.

En 2005 con la llegada del divorcio exprés, el número de familias “rotas” aumentó de forma astronómica. Hasta un aumento del 80% respecto a 2004.

En 2006 yo me convertí en una de esas familias supuestamente “desestructurada”, que se suponía rota y que debía vencer múltiples dificultades puesto que mis hijos, a raíz de la ruptura, iban a tener un desarrollo difícil. Ahora puedo decir que esto dista mucho de la realidad que hemos vivido.

Es cierto que mis hijos no tienen apenas contacto con su padre, en realidad es un padre ausente por decisión de él mismo, con un espacio para él cuando quiera tomarlo, pero un padre ausente. También es cierto que ha sido un proceso largo, lleno de dificultades y que como profesional, mi propia situación, me ha proporcionado una experiencia increíble en el complicado mundo de las separaciones, divorcios y mediaciones.

Sin embargo veo en mis hijos el trabajo de toda una tribu.

Sí, quizá su padre no ha estado ni está, pero hemos estado todos los demás. Han crecido con la conciencia de que todos los demás estábamos, que no se supo hacer mejor y que cuentan no sólo con toda su familia materna y paterna, sino con una red de amigos, siempre presente, para escucharlos, atenderlos y amarlos.

Mi familia no es una familia desestructurada. Mi familia es una familia como puede serlo la tuya. Como he oído decir en Sistémica, se rompe la pareja pero no la familia.

En mi trabajo de cada día y en mi experiencia propia, creo que es preferible que los niños se eduquen con el adulto más consciente y más respetuoso. Así  se lo oí decir a Bert Hellinger en una entrevista.

Divorciarse no es una patología, que el niño viva con adultos que no lo miran, que no lo atienden o que no asumen su propia responsabilidad, que le mientan y abusen de él… eso sí es patología. Divorciarse o separarse es una circunstancia, un aprendizaje, un camino que te lleva hacia una relación, si estás atento, hacia una relación mejor.

Claro que hay heridas, no reconocerlo sería vivir en un cuento de hadas que no pasa de ser eso, un cuento de hadas. ¿Pero acaso los matrimonios o parejas con hijos están libres de sus heridas?, ¿de sus historias?, ¿de sus pasados?, ¿de sus dificultades? No, aquí nadie se libra de ser humano.

Durante años he trabajado con menores de acogida y he visto cómo la única manera de acompañar al menor ha sido respetando a sus padres. Por muy alcohólicos, drogadictos, asesinos o irresponsables y ausentes fueran, eran sus padres y nosotros simples educadores al servicio, pero simples educadores mostrando un modelo.

Hace unos cuatro años leí en un artículo que los niños de padres del mismo sexo, eran más felices. Muy atrevido decir eso. Tuve curiosidad la verdad, me pudo la curiosidad. Hasta el momento había trabajado con todo tipo de menores y familias pero no había tenido la oportunidad de saber cómo funciona una familia con dos padres o dos madres.

Y entonces se me dio la oportunidad de trabajar con varias. Ahora sí me siento con la capacidad de poder opinar, al menos un poco. Mi conclusión es que hay de todo. Generalizar es peligroso, como bien sabemos desde la mirada de la PNL.

He visto a dos hombres amorosos, conscientes y humildes, recibiendo a su niña de una forma envidiable. Pero también he visto  a dos hombres con muchas dificultades emocionales, que proyectaban toda su necesidad de afecto en su hijo, que era hijo biológico de uno de ellos. Pude ver cómo competían por la atención del menor.

También he visto a dos mujeres amándose de forma respetuosa con hijos adoptados y a mujeres repartiéndose la maternidad de sus hijos y creando una red de vínculos sanos alrededor de sus hijos de forma impecable.

Y también tengo que decir que he visto a hombres intentando demostrar que sin las mujeres se puede vivir. Y mujeres haciendo exactamente lo mismo.

Así que no me atrevo, ni debo, ni quiero generalizar.

Hoy vivimos rodeados de familias de muchos colores, pero son familias. Y la familia es lo que nos sustenta, la raíz y la base de la sociedad, la cuna del mundo, del amor y también del desamor, de la alegría y de la tristeza. La familia es la gran construcción y creación humana y desgraciadamente, a la que menos atención damos hoy en día.

La cuestión, sean los progenitores del sexo que sean o en las circunstancias que sean, es recibir con amor. Y recibir con amor no es recibir en la perfección,  en la abundancia de que no le falte al bebé de nada y esté faltado de lo más esencial.

También es recibir sabiendo el ¿para qué quiero tener un hijo?, ¿qué expectativas tengo?, ¿voy yo a satisfacer o tapar algo con ese hijo?, ¿cuál es nuestro proyecto de familia? Es recibir desde la conciencia y la responsabilidad de que como decía el poeta Khalil Gibran, “tus hijos no son tus hijos”.

Llega un momento en el que en realidad, me da igual con quién vive el niño, quién cuida de él o sabe de él. A vece siento que lo acompaño en su dolor, porque no ver a sus padres o que sus padres no lo quieran es un dolor inmenso, pero se sobrevive a eso.

Siento en realidad que lo más importante es que el adulto, sea un adulto presente, un adulto  que se sostenga sobre sus pies. Un adulto que si no sabe más, pida ayuda.  Un adulto que ofrezca respeto, confianza máxima y presencia absoluta. Un adulto que aun habiendo sido un niño herido, sabe sostener su vida y ha encontrado el camino del amor. Adultos Presentes, Niños conscientes.

Por Susanna Arjona

Licenciada en Psicopedagogía. Master Trainer en PNL y Coach Educativo. Orientadora familiar.

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